El beso, el supremo sello de la pasión, el que todo lo dice, la
llave maestra que encierra dos almas por mucho tiempo, es la
manifestación sublime del amor. ¿Qué corazón no palpita cuando recuerda
el primer beso que dio a su ser amado? Cuando dos bocas unen sus
alientos, las impresiones del mundo exterior desaparecen, los ojos se
cierran, la respiración se oprime y un sentimiento de indescriptible
felicidad envuelve a nuestras almas, que unidas nos elevan al cielo
embriagados de amor. La mujer vacila mucho antes
de dejarse besar, porque hay una leyenda entre las doncellas, según la
cual, recibir el primer beso, es tal sensación que pierde el control
para defenderse. Tal leyenda es exagerada. Es verdad que el beso
produce una perturbación por el placer que causa que produzca
“anestesia” en todo el organismo. Pero pasado ese estremecimiento, la
mujer tiene tiempo para reaccionar y defenderse. El
verdadero beso de amor para divinizar el momento, no necesita tanta
pose, sino ser dado y recibido con sinceridad amorosa. Y no sólo el
beso en la boca. También hay una refinada sensación de amor en el beso
que se da en el hombro, en el pecho, en la mano o en el cuello. Se besa en el cuerpo amado, y todo se encuentra bello y digno al
besarse, porque se ama a todo el ser.
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