15 nov 2011

De noche a la mañana llueve tanto como para que yo recuerde. Ella, joven, fresca, inocente,  influenciable. Su condena. Busca un lugar donde el fuego nunca se apague. Y aparecio él, pintado de colores y promesas. Es cuando el cielo se vuelve gris, era fatal era infinito, sus ojos cambian de color, sus ideas su rumbo, las promesas se vuelven sueños. Las noches se hacían largas y los días demasiado cortos. Era dulce el dolor y sencilla la pena. Todo empeora, la ahoga la tristeza y la envuelve la angustia. Intenta solucionar las cosas pero siente frío, quiere morir a tiempo porque sabe, lo sabe. De lo oscuro a lo oscuro, los cielos implacables y los mares prohibidos, la esperanza de una nieve definitiva. Desde entonces acostumbra vestirce de sombras. A ti que los otros ignoran perla muerta en el deseo. Sus bellos ojos tristes y esas palabras creadas por el dolor con voz madura, quebrada. No, no es feliz, lo sabe y lo saben. Su castigo, su condena, a no ser la misma. Nunca.

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